martes, 18 de agosto de 2009

Primavera en Septiembre

Una vez encontré dentro del bolso de mi madre un diccionario de Euskera-Gaztelera, en la misa de las 19h en sábado. A partir de entonces, siempre recurría a ese libro antes que a la Biblia. Me gustaba su textura, las hojas finas (menos de 80 gramos) y creo que, por aquellos sábados, tenía una mirada abierta, curiosa, anhelante. Me castigaban por hablar, o por estar en silencio mirando por la ventana cómo llovía. Los chicos del barrio jugábamos entre las obras y dentro, cuando no existían alarmas de presencia ni guardas, sólo unas vallas corroídas por el óxido y abiertas por abajo para que entraran los toxicómanos, los gitanos y los niños. Nuestras rodillas tenían heridas y la ropa se quedaba hecha cisco en menos que cantaba un gallo. Muchas tardes de tormenta se escuchaba el crujir de la sequedad en forma de polvo y ese olor tan característico nos obstruía las narices, casi asfixiándonos. Jugamos al fútbol, a perseguirnos, a escondernos por todo el barrio. Muchas veces, nos perdíamos de nosotros mismos hablando en nuestro escondite hasta que, la noche o el "topo" que entraba en la estación, nos devolvía a la realidad de que estábamos creciendo o también el olor a pescado frito y los gritos de nuestras madres. Luego llegaba septiembre y todo era nuevo: los estuches, los lápices, los cuadernos, las gomas de borrar, las de los tirachinas, las filas en el patio, nuestros nombres en orden alfabético, los recreos de pelota a mano o pala con el bocadillo de jamón york a medio engullir. Las trenzas de las niñas no existían más que en las salidas cuando nos cruzábamos con algún otro colegio cercano. De pronto, tengo 34 años, y estoy a las 16h23 en la calle Santa María Magdalena, 15, Consulado de Bulgaria, soñando, fuera de todos los que esperan que reúnen las condiciones necesarias para llamarlos "búlgaros". Espero mi "no-turno" porque una voz grave me repite que de 15h a 19h, solo entrega de documentos, da, da, znam, obache...Todo vale para conseguir una mirada, unos gestos, algo mágico que tiene dientes, sonrisa, ojos azules, inquietud, quizás me robe algún libro de los que dejo a propósito por las librerías, a su alcance. Comienza el viaje, las esperas en el aeropuerto, los nervios, su mirada fija en mí, la mía sobre él, la emoción, lo que me impedirá durante días poder escribir algo que tenga gramática perfecta o tildes o coherencia. Preparen sus pasaportes. Salida inmediata. Hasta ahora mismo, Madrid. Zdrasti, Sofia, Dobisdane, Sofía. Hola, Daniel.

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